

Los trastornos del sueño y el insomnio fueron el tema de una de las intervenciones de la psicóloga cántabra Montserrat Guerra, directora del área clínica del Gabinete de Psicología de Santander, en Onda Cero.
Dormir mal no significa únicamente sentirse cansado al día siguiente. Cuando las dificultades para conciliar o mantener el sueño se prolongan, pueden afectar al estado de ánimo, la concentración, la regulación emocional, el rendimiento y el funcionamiento cotidiano.
Durante el programa se abordaron algunas de las razones por las que podemos empezar a dormir peor, la importancia de distinguir una mala noche de un problema persistente y la relación que puede existir entre el sueño, el estrés, las preocupaciones y la salud psicológica.
En este episodio de Psicología Para Personas Como Tú, Montserrat Guerra habla sobre los trastornos del sueño, el insomnio y algunos de los factores psicológicos y cotidianos que pueden dificultar un descanso adecuado.
ESCUCHAR EL EPISODIOLos trastornos del sueño son alteraciones que pueden afectar a la duración, la calidad, el horario o la continuidad del descanso. Algunas personas tienen dificultades para quedarse dormidas; otras se despiertan varias veces durante la noche, se levantan demasiado pronto o duermen aparentemente suficientes horas pero tienen la sensación de no haber descansado.
También existen alteraciones en las que el problema principal no es conciliar el sueño. Puede haber dificultades respiratorias, movimientos durante la noche, cambios importantes en los horarios naturales de sueño o comportamientos que aparecen mientras la persona está dormida.
Por eso, hablar de “dormir mal” no describe necesariamente un único problema. Dos personas pueden utilizar exactamente esa expresión y estar experimentando situaciones completamente diferentes.
No todas las noches malas significan que exista un trastorno. Los cambios de horario, determinados acontecimientos vitales, una preocupación puntual, una enfermedad, un viaje o una época especialmente exigente pueden alterar temporalmente el descanso.
La dificultad merece mayor atención cuando se mantiene, aparece con frecuencia, genera una preocupación creciente o empieza a interferir de manera significativa en la vida cotidiana.
Una mala noche no equivale a tener un trastorno del sueño. Para comprender lo que está ocurriendo hay que valorar la frecuencia, la duración, las circunstancias en las que aparece la dificultad y las consecuencias que produce durante el día.
El insomnio puede manifestarse como dificultad para iniciar el sueño, despertares frecuentes, despertar antes de lo deseado o sensación de sueño poco reparador.
Puede aparecer de manera puntual asociado a estrés, preocupaciones, cambios vitales o determinados hábitos. En otras ocasiones la dificultad persiste y termina afectando al bienestar y al funcionamiento diario.
Un aspecto importante es comprender que no existe una única causa del insomnio. En algunas personas predominan factores emocionales; en otras intervienen horarios, hábitos, condiciones médicas, determinados medicamentos o una combinación de varios elementos.
También puede ocurrir que aquello que inició el problema no sea exactamente lo que lo mantiene. Por ejemplo, alguien puede empezar a dormir peor durante una etapa laboral muy exigente y, tiempo después, seguir teniendo dificultades aunque esa situación ya haya mejorado.
Esto puede suceder porque durante esas primeras semanas han aparecido nuevas preocupaciones alrededor del sueño: comprobar continuamente la hora, anticipar cómo se estará al día siguiente, acostarse demasiado pronto para “tener más tiempo” o permanecer mucho tiempo en la cama intentando conseguir dormir.
Entre los factores que pueden contribuir a dormir mal se encuentran situaciones muy diferentes. Identificar qué está ocurriendo en cada persona suele ser mucho más útil que aplicar recomendaciones generales sin conocer el origen ni el mantenimiento del problema.
Estar agotado no garantiza que el sueño aparezca automáticamente. Una persona puede sentirse físicamente cansada y, al mismo tiempo, mantener un nivel elevado de activación mental.
Durante el día estamos ocupados con tareas, conversaciones, obligaciones y estímulos externos. Cuando llega la noche y desaparece parte de esa actividad, pueden aparecer pensamientos que habían permanecido en segundo plano.
La persona empieza a repasar conversaciones, pensar en cuestiones pendientes, anticipar el día siguiente o preocuparse por el propio hecho de no estar dormida.
En ese momento pueden aparecer frases como “tengo que dormirme ya”, “mañana no voy a poder funcionar”, “solo me quedan cinco horas” o “otra vez va a pasar lo mismo”.
El problema no siempre es únicamente no dormir. En algunas personas, la preocupación por no conseguir dormir termina aumentando la activación que precisamente dificulta el sueño.
Cuanto más intenta la persona controlar el momento exacto en el que debería dormirse, más atención dirige hacia el sueño. Se comprueba el reloj, se calcula el número de horas restantes y se observan continuamente las propias sensaciones buscando señales de somnolencia.
Así puede aparecer un círculo de preocupación → activación → dificultad para dormir → mayor preocupación.
Comprender este mecanismo puede ser especialmente relevante cuando existen factores psicológicos que están contribuyendo al mantenimiento del problema.
Los trastornos del sueño incluyen problemas diferentes y no todos requieren el mismo tipo de valoración ni de intervención.
Dificultad persistente para iniciar o mantener el sueño, despertar antes de lo deseado o descanso poco satisfactorio acompañado de repercusiones durante el día.
Alteración respiratoria caracterizada por episodios repetidos de interrupción o reducción de la respiración durante el sueño. Requiere valoración médica específica.
Necesidad difícil de controlar de mover las piernas, especialmente en reposo y por la noche, que puede interferir en la conciliación del sueño.
Incluyen fenómenos o conductas que aparecen durante el sueño, como determinados episodios de sonambulismo, pesadillas u otras alteraciones nocturnas.
Se producen cuando existe un desajuste entre el horario interno de sueño y los horarios que exige la vida cotidiana, por ejemplo en determinados trabajos a turnos.
En algunos problemas el síntoma predominante es una necesidad excesiva de dormir o una dificultad importante para mantenerse despierto durante el día.
Cuando los problemas de sueño son frecuentes o persistentes, sus efectos pueden extenderse al día siguiente y repercutir en diferentes áreas de la vida.
Algunas personas empiezan además a modificar sus actividades diarias por miedo a estar demasiado cansadas. Cancelan planes, reducen ejercicio, evitan compromisos o pasan mucho más tiempo en la cama intentando recuperar el descanso perdido.
Cuando estas modificaciones se mantienen, el problema puede empezar a ocupar un espacio cada vez mayor en la vida cotidiana.
Existe una relación estrecha entre sueño y salud emocional. La ansiedad, el estrés o un bajo estado de ánimo pueden dificultar el descanso y, a su vez, dormir mal de manera mantenida puede hacer que resulte más difícil gestionar emocionalmente las demandas del día siguiente.
Esto no significa que cualquier insomnio tenga un origen psicológico. Tampoco significa que una persona que duerme mal vaya necesariamente a desarrollar ansiedad o depresión.
Lo importante es comprender que sueño y estado emocional pueden influirse mutuamente.
Una época de elevada exigencia puede mantener a la persona mental y fisiológicamente activada incluso cuando llega el momento de descansar.
Después de varias noches malas puede aparecer miedo a que vuelva a ocurrir, generando vigilancia y anticipación antes incluso de acostarse.
En consulta resulta útil distinguir qué ocurrió al comienzo del problema y qué factores están presentes actualmente. El desencadenante inicial puede haber desaparecido y, sin embargo, haberse desarrollado otras conductas o pensamientos que continúan interfiriendo en el descanso.
No necesariamente. La duración del sueño es importante, pero no es el único elemento que determina un descanso adecuado.
También importa la continuidad, la regularidad y la calidad del sueño, así como la manera en la que funciona la persona durante el día.
Dos personas pueden permanecer un número parecido de horas en la cama y experimentar un descanso muy diferente. Una puede dormir de forma relativamente continua y levantarse recuperada, mientras que otra puede tener numerosos despertares o sentir que el sueño ha sido superficial y poco reparador.
Por esta razón conviene evitar valorar el descanso utilizando únicamente una cifra rígida de horas. Existen diferencias entre edades y también diferencias individuales.
El profesional adecuado depende de las características del problema. No todos los trastornos del sueño tienen un origen psicológico y, en determinados casos, es fundamental una valoración médica.
La medicina de familia puede realizar una primera valoración y decidir si es necesaria la derivación a una unidad del sueño, neumología, neurología u otra especialidad.
Por ejemplo, la presencia de ronquidos intensos, pausas respiratorias observadas durante la noche, movimientos anormales, somnolencia diurna muy marcada o síntomas físicos persistentes puede requerir un estudio específico.
La intervención psicológica puede ser especialmente útil cuando existen factores como estrés, ansiedad, preocupación excesiva, rumiación, hábitos que están manteniendo la dificultad o miedo anticipatorio a no dormir.
En estos casos, el objetivo no consiste únicamente en ofrecer una lista de recomendaciones para dormir. Es importante comprender qué ocurre al llegar la noche, cómo interpreta la persona la dificultad, qué conductas utiliza para intentar resolverla y qué consecuencias está teniendo durante el día.
Hay situaciones en las que las dificultades para dormir aparecen claramente asociadas a un periodo emocional complejo. En otras, la persona identifica que su mente permanece activa cuando intenta descansar.
La psicología puede ser útil especialmente cuando aparecen:
También puede ser necesario intervenir sobre la ansiedad, el estado de ánimo o el estrés general si estos forman parte del contexto en el que se han desarrollado los problemas de sueño.
No existe una única regla aplicable a todas las personas. Una noche mala o una semana complicada no deben interpretarse automáticamente como un trastorno.
Sin embargo, conviene valorar el problema cuando el sueño deja de ser una dificultad puntual y empieza a interferir de forma significativa en la vida diaria.
¿Estás teniendo problemas para dormir? Puedes consultar nuestra página específica sobre problemas del sueño: por qué duermo mal y cuándo pedir ayuda, donde abordamos de forma más práctica qué puede estar ocurriendo cuando cuesta conciliar el sueño, aparecen despertares frecuentes o el descanso deja de ser reparador.
Los problemas para dormir también pueden aparecer dentro de situaciones de convivencia. Por ejemplo, algunas parejas descubren que compartir cama perjudica seriamente el descanso de uno o de ambos miembros.
En nuestro artículo sobre divorcio del sueño o sleep divorce explicamos por qué algunas parejas deciden dormir separadas, cuándo puede ser una decisión práctica y qué aspectos conviene valorar antes de interpretarla automáticamente como un síntoma de dificultades en la relación.
Es un buen ejemplo de cómo una misma cuestión —dormir mal— puede tener explicaciones muy diferentes. En ocasiones intervienen factores emocionales, en otras problemas médicos, horarios incompatibles, movimientos, ronquidos o simplemente necesidades distintas de descanso.
No existe una única causa. Pueden intervenir factores médicos, psicológicos, conductuales, ambientales, horarios irregulares, determinados medicamentos o una combinación de varios elementos. Por eso es importante valorar cada caso de forma individual.
No existe una causa universal. El estrés, las preocupaciones, determinados hábitos y diferentes condiciones médicas pueden estar relacionados con el insomnio. Además, los factores que inician el problema no siempre son los mismos que lo mantienen.
No. Es frecuente dormir peor temporalmente durante momentos de estrés, enfermedad, viajes o cambios importantes. Conviene valorar la persistencia, frecuencia y repercusión del problema antes de extraer conclusiones.
El cansancio físico puede coexistir con una elevada activación mental. Preocupaciones, anticipación, rumiación o la propia presión por conseguir dormir pueden mantener a la persona en un estado de vigilancia incompatible con un sueño fácil.
La ansiedad puede dificultar tanto conciliar como mantener el sueño debido al aumento de la activación mental y fisiológica. A su vez, dormir mal durante un periodo prolongado puede aumentar la sensación de vulnerabilidad emocional.
Depende del problema. Medicina de familia puede realizar una primera valoración y decidir si resulta necesaria una derivación a neumología, neurología o una unidad del sueño. La psicología puede ser especialmente útil cuando existen factores emocionales, cognitivos o conductuales implicados.
Conviene consultar cuando la dificultad persiste, aparece con frecuencia, genera una preocupación creciente o afecta de manera significativa al funcionamiento diario. Si existen pausas respiratorias, somnolencia extrema u otros síntomas físicos llamativos, es importante realizar también una valoración médica.
Trabajamos dificultades emocionales frecuentes como ansiedad, depresión y estrés, adaptando la intervención a cada persona.
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Atención psicológica individual para mayores de 16 años, con confidencialidad y un enfoque adaptado a las necesidades de cada persona.
Realizamos evaluaciones psicológicas, neuropsicológicas y psicopedagógicas según la demanda y las necesidades de cada caso.
Cuando los problemas de sueño están relacionados con estrés, preocupación, ansiedad o dificultad para desconectar, una valoración psicológica puede ayudar a comprender qué factores están interviniendo y qué cambios pueden resultar útiles.
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