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Problemas de alimentación en adolescentes: señales que conviene observar

Los problemas de alimentación en adolescentes no siempre empiezan de una forma evidente.

A veces aparecen como pequeños cambios: dejar determinados alimentos, evitar comer con la familia, preocuparse más por el cuerpo, intentar adelgazar, compararse continuamente o sentirse culpable después de comer.

Ninguna de estas señales permite diagnosticar por sí sola un trastorno de la alimentación. Sin embargo, cuando los cambios se mantienen, aumentan o empiezan a condicionar la vida cotidiana, conviene prestar atención.

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Problemas de alimentación en adolescentes y preocupación ante la comida
Un cambio en la alimentación no significa automáticamente que exista un TCA.

Durante la adolescencia pueden cambiar los gustos, los horarios, el apetito y la forma de comer. Lo importante es observar el conjunto: intensidad, duración, preocupación, cambios emocionales y repercusión en la vida diaria.

Problemas de alimentación en adolescentes: ¿cuándo conviene prestar atención?

La adolescencia es una etapa de cambios físicos, sociales y emocionales.

También es un momento en el que aumenta la preocupación por pertenecer al grupo, la comparación con otras personas y la importancia que puede adquirir la imagen corporal.

Por eso conviene evitar dos extremos.

El primero es alarmarse ante cualquier cambio.

El segundo es restar importancia a cambios significativos porque “son cosas de la edad”.

Lo útil es observar.

¿El adolescente simplemente ha cambiado algunas preferencias o la comida empieza a ocupar demasiado espacio?

¿Existe flexibilidad o aparecen normas cada vez más rígidas?

¿Puede comer con otras personas sin angustia?

¿Su estado de ánimo depende mucho del peso o del cuerpo?

¿Está dejando de hacer cosas que antes disfrutaba?

Estas preguntas suelen aportar más información que centrarse únicamente en cuánto come.

No debemos mirar solo el plato. También hay que observar lo que está ocurriendo alrededor de la comida, el cuerpo, las emociones y la vida cotidiana.

Señales que las familias pueden observar

Ninguna de estas señales aisladas confirma un diagnóstico.

Lo que importa es el patrón y cómo evoluciona.

Empieza a eliminar alimentos

Determinados alimentos pasan a considerarse “malos”, “prohibidos”, “grasos” o incompatibles con estar sano.

Evita comer con la familia

Busca excusas, dice que ya ha comido, retrasa los horarios o prefiere hacerlo a solas.

Preocupación por engordar

Habla repetidamente de peso, calorías, talla o miedo a aumentar de peso.

Se compara continuamente

Compara su cuerpo con amistades, influencers, compañeros o imágenes de redes sociales.

Cambia su estado de ánimo

La irritabilidad, tristeza o ansiedad aumentan especialmente alrededor de comidas, peso o cuerpo.

Aparece culpa después de comer

Determinadas comidas generan arrepentimiento, preocupación o necesidad de “compensar”.

Come de forma muy rígida

Necesita controlar cantidades, horarios, ingredientes o preparación de una manera cada vez más estricta.

Puede haber pérdida de control

En algunos adolescentes aparecen episodios en los que sienten que empiezan a comer y les cuesta detenerse.

“Mi hijo dice que no tiene hambre”

Esta es una de las frases que más inquietud puede generar en una familia.

Pero no existe una única explicación.

Un adolescente puede comer menos temporalmente porque ha cambiado horarios, está enfermo, duerme peor, está estresado, tiene molestias digestivas o simplemente atraviesa una etapa con diferente apetito.

Por eso no debemos interpretar automáticamente la falta de hambre como un trastorno psicológico.

Sin embargo, conviene prestar más atención cuando la falta de hambre aparece junto a otras señales:

  • miedo intenso a ganar peso;
  • pérdida importante de peso;
  • evitación sistemática de comidas;
  • rechazo de grupos enteros de alimentos;
  • preocupación persistente por calorías o talla;
  • cambios emocionales importantes;
  • aislamiento social;
  • debilidad, mareos u otros síntomas físicos.

Si existen cambios físicos importantes o síntomas médicos, la valoración sanitaria es fundamental y no debe sustituirse por una interpretación exclusivamente psicológica.

El miedo a engordar puede aparecer antes de que la familia detecte otros cambios

A veces el problema no empieza con una reducción evidente de la comida.

Empieza con pensamientos.

“Estoy gorda”.

“Tengo que adelgazar”.

“No quiero ponerme ese pantalón”.

“He comido demasiado”.

“Mañana no desayuno”.

Cuando estos pensamientos se repiten continuamente, conviene observar cuánto están condicionando el bienestar del adolescente.

La preocupación corporal no es exclusiva de las chicas.

También puede aparecer en chicos y centrarse en adelgazar, ganar musculatura, reducir grasa corporal o alcanzar un físico determinado.

No hace falta esperar a que exista un cambio de peso evidente.

El sufrimiento relacionado con la comida y el cuerpo puede aparecer antes de que los cambios físicos sean visibles.

Redes sociales e imagen corporal en la adolescencia

La comparación siempre ha existido, pero las redes sociales multiplican enormemente las oportunidades para compararse.

El adolescente puede pasar en pocos minutos de ver a un compañero a observar decenas de cuerpos cuidadosamente seleccionados, editados, iluminados o presentados desde determinados ángulos.

También encuentra mensajes sobre dietas, retos, ejercicio, transformaciones corporales y contenidos sobre “qué como en un día”.

Esto no significa que las redes sociales provoquen por sí mismas un problema alimentario.

Pero en adolescentes vulnerables pueden contribuir a reforzar la insatisfacción corporal, la comparación y una preocupación excesiva por la apariencia.

Redes sociales, comparación e imagen corporal

Comentarios aparentemente inocentes que pueden tener mucho peso

Las familias no causan por sí solas los problemas alimentarios.

Sería injusto y clínicamente incorrecto responsabilizar a los padres.

Sin embargo, determinados mensajes pueden aumentar la presión en un adolescente que ya está preocupado por su cuerpo.

Frases como:

“Estás más rellenita”, “te estás poniendo fuerte”, “deberías cuidarte un poco”, “qué delgada estás, estás guapísima” o “yo a tu edad pesaba mucho menos”

pueden dar al peso una importancia que quizá no pretendíamos darle.

Incluso los comentarios positivos sobre adelgazar pueden reforzar una idea problemática:

“Cuando peso menos recibo más aprobación”.

Por eso resulta útil que en casa el cuerpo no sea un tema permanente de evaluación.

¿Cómo hablar con un adolescente cuando estamos preocupados?

La forma de iniciar la conversación importa mucho.

Si el adolescente siente que va a ser interrogado, vigilado o acusado, es probable que se cierre.

El objetivo inicial no es obtener una confesión.

Es abrir una puerta.

Puede ayudar

  • buscar un momento tranquilo;
  • hablar desde la preocupación y no desde el reproche;
  • describir cambios concretos que habéis observado;
  • preguntar cómo se siente;
  • escuchar antes de dar soluciones;
  • transmitir que pedir ayuda no es un castigo.

Conviene evitar

  • centrar toda la conversación en el peso;
  • amenazar o ridiculizar;
  • discutir delante de cada comida;
  • comparar con hermanos o amigos;
  • convertir el plato en una batalla constante;
  • suponer que todo se solucionará diciendo “come y ya está”.

Cuando las comidas se convierten en una batalla familiar

Es comprensible que los padres se angustien.

Cuando sienten que su hijo no come adecuadamente, pueden empezar a vigilar cantidades, revisar platos, preguntar constantemente o insistir una y otra vez.

El problema es que, en determinadas situaciones, la comida puede terminar ocupando prácticamente toda la relación familiar.

Cada desayuno se convierte en una negociación.

Cada cena en una discusión.

Cada comentario en un posible conflicto.

Esto no significa que la familia deba ignorar el problema.

Significa que, cuando la situación se ha vuelto difícil de manejar, puede ser necesario recibir orientación profesional para evitar que toda la convivencia quede atrapada alrededor de la alimentación.

Comer poco no es la única forma en la que puede aparecer un problema

Cuando pensamos en dificultades alimentarias en adolescentes, muchas veces imaginamos únicamente restricción y pérdida de peso.

Pero existen otros patrones.

Algunos adolescentes pueden presentar episodios de pérdida de control con la comida.

Otros alternan periodos de restricción con momentos en los que comen mucho más de lo que pretendían.

En otros casos la dificultad principal es la culpa.

O el miedo intenso a determinados alimentos.

O la preocupación por comer delante de otras personas.

O la necesidad de realizar ejercicio para “compensar”.

Si existen episodios recurrentes de pérdida de control, puedes ampliar información en nuestra página sobre trastorno por atracón .

¿Un adolescente puede comer por estrés o ansiedad?

Sí.

Igual que ocurre en adultos, la comida puede utilizarse como una manera de regular emociones.

El estrés académico, los exámenes, los conflictos familiares, las relaciones sociales, el cansancio o las preocupaciones pueden aumentar las ganas de comer en algunas personas.

Otras reaccionan justamente al contrario y pierden el apetito.

Ninguna de estas respuestas debe interpretarse de forma aislada.

Cuando el estrés está teniendo un peso importante, puede ser útil valorar también qué está ocurriendo en esa área.

Puedes ampliar información en nuestra página sobre estrés.

Si predomina la preocupación, el miedo, la anticipación o la activación persistente, también puede resultar útil consultar nuestra información sobre ansiedad.

¿Qué diferencia hay entre un problema con la comida y un trastorno de la alimentación?

No todas las dificultades relacionadas con la comida cumplen criterios para un trastorno alimentario.

Un adolescente puede tener una relación complicada con la alimentación, sentir culpa, compararse constantemente o intentar restringir ciertos alimentos sin que necesariamente exista un diagnóstico concreto.

Sin embargo, también hay situaciones en las que determinados síntomas sí pueden formar parte de un trastorno que necesita evaluación especializada.

Por eso evitamos que las familias tengan que decidir por sí mismas:

“¿Esto es suficientemente grave como para pedir ayuda?”

Si existe preocupación, la valoración sirve precisamente para comprender qué está ocurriendo.

Puedes consultar además nuestra página general sobre trastornos de la alimentación .

¿Cuándo conviene solicitar una valoración profesional?

Especialmente cuando observamos varias señales al mismo tiempo o cuando una de ellas es intensa y se mantiene.

  • preocupación persistente por peso, calorías o cuerpo;
  • restricción progresiva de alimentos;
  • pérdida importante de peso;
  • evitación frecuente de comidas familiares;
  • episodios de pérdida de control;
  • vómitos u otras conductas compensatorias;
  • ejercicio realizado de forma rígida para compensar;
  • miedo intenso a engordar;
  • cambios importantes en el estado de ánimo;
  • aislamiento social;
  • interferencia con estudios, amistades o vida familiar;
  • síntomas físicos o deterioro del estado general.
Los síntomas físicos necesitan valoración médica.

Si aparecen mareos, desmayos, debilidad importante, deshidratación, dolor, cambios físicos relevantes o cualquier otra señal médica preocupante, es necesario consultar con el profesional sanitario correspondiente. La evaluación psicológica no sustituye la valoración médica.

Qué trabajamos desde psicología

La intervención depende de lo que esté ocurriendo en cada adolescente.

No todos necesitan abordar los mismos aspectos ni existe una única explicación para los problemas con la alimentación.

  1. Comprender qué está ocurriendo.
    Valoramos cómo ha cambiado la relación con la comida, el cuerpo y el peso, y qué estaba sucediendo cuando comenzaron las dificultades.
  2. Explorar emociones y pensamientos.
    Observamos ansiedad, miedo, culpa, comparación, autoexigencia o pensamientos rígidos que puedan estar manteniendo el problema.
  3. Trabajar la imagen corporal.
    Analizamos cómo se percibe el adolescente y cuánto depende su autoestima de su aspecto físico.
  4. Reducir la rigidez.
    Cuando existen normas extremas sobre alimentos permitidos y prohibidos, trabajamos una relación progresivamente más flexible.
  5. Abordar pérdida de control si existe.
    Identificamos desencadenantes y patrones asociados a episodios de descontrol.
  6. Trabajar ansiedad y estrés.
    Si la alimentación está funcionando como una forma de regular emociones, desarrollamos estrategias alternativas.
  7. Orientar a la familia.
    Cuando resulta adecuado, ayudamos a los padres a comprender cómo acompañar sin aumentar la vigilancia, la presión o el conflicto.
  8. Coordinar cuando sea necesario.
    Si el caso requiere seguimiento médico, nutricional u otros profesionales, la intervención psicológica debe integrarse dentro de un abordaje adecuado.

La familia puede ayudar mucho sin convertirse en policía de la comida

Los padres tienen un papel importante, pero acompañar no significa controlar cada movimiento.

La vigilancia permanente puede generar más tensión.

Tampoco se trata de retirar toda responsabilidad al adolescente.

Se trata de encontrar una posición intermedia:

estar presentes, observar, preguntar, escuchar y actuar cuando sea necesario.

La familia no tiene que convertirse en especialista.

Su función principal es detectar cambios, ofrecer apoyo y buscar ayuda profesional cuando la situación lo requiere.

¿Cómo reaccionar si niega que exista un problema?

Es frecuente.

Y no siempre significa que el adolescente esté mintiendo.

Puede que realmente no perciba el problema de la misma manera que su familia.

También puede sentir vergüenza.

Miedo a perder control sobre sus decisiones.

Temor a que le obliguen a comer.

O miedo a que le impidan hacer ejercicio.

Entrar inmediatamente en una discusión sobre quién tiene razón suele ser poco útil.

Es preferible hablar de hechos concretos:

“Nos preocupa que desde hace unas semanas ya no quieras cenar con nosotros”.

“Hemos visto que te angustias mucho después de algunas comidas”.

“Nos preocupa cómo te estás sintiendo, no queremos discutir contigo”.

La preocupación familiar puede mantenerse aunque el adolescente todavía no comparta esa interpretación.

¿Y si el adolescente simplemente quiere adelgazar?

Querer modificar el peso no implica automáticamente un trastorno.

Pero durante la adolescencia el cuerpo está en desarrollo y cualquier intervención destinada a modificar peso o alimentación debe abordarse con especial prudencia.

No recomendamos que un menor inicie por su cuenta restricciones intensas, dietas extremas, suplementos o tratamientos para perder peso.

Cualquier decisión médica o nutricional debe estar supervisada por profesionales sanitarios adecuados.

Desde psicología podemos valorar la motivación, expectativas, imagen corporal, ansiedad, presión social y relación emocional con la alimentación.

Psiconutrición y problemas alimentarios en adolescentes

Algunos adolescentes no presentan un trastorno claro, pero sí una relación con la comida que empieza a generar sufrimiento.

En estos casos puede ser útil adoptar una mirada amplia que incluya emociones, hábitos, pensamientos y contexto familiar.

Puedes consultar nuestra página de psiconutrición y psicología alimentaria .

También hemos preparado una página general sobre problemas con la comida , donde abordamos situaciones que pueden generar malestar aunque no exista un diagnóstico de TCA.

Mejora tu relación con la comida mediante apoyo psicológico

Cuando “comer sano” empieza a volverse demasiado rígido

Algunos problemas de alimentación en adolescentes no comienzan con el deseo explícito de adelgazar. Pueden empezar con una intención aparentemente saludable: comer mejor, eliminar productos considerados poco sanos, aumentar el ejercicio o controlar con mayor precisión los ingredientes.

Cuidar la alimentación no es un problema en sí mismo. La dificultad aparece cuando el cuidado pierde flexibilidad y se convierte en una fuente de miedo, culpa o control constante.

Por ejemplo, puede preocuparnos que un joven ya no pueda improvisar una comida con amigos, que rechace sistemáticamente cualquier alimento que no encaje en sus reglas, que se angustie si cambia el horario previsto o que necesite conocer de forma exacta los ingredientes de todo lo que come.

También es importante observar qué ocurre si un día no puede cumplir sus propias normas. Si una pequeña variación provoca mucha ansiedad, culpa o necesidad de compensar después, puede existir una rigidez que merece ser valorada.

La alimentación saludable necesita también flexibilidad.

Cuando comer “bien” exige controlar cada detalle, evitar cada situación espontánea y sentir culpa ante cualquier excepción, el problema puede estar dejando de ser únicamente nutricional.

Ejercicio, deporte y preocupación por el cuerpo

En la adolescencia el ejercicio puede ser una actividad muy positiva: aporta disfrute, relaciones sociales, estructura, sensación de competencia y bienestar físico. Pero también conviene observar la función que está cumpliendo cuando aparece junto a una preocupación intensa por el peso o la comida.

No es lo mismo entrenar porque se disfruta del deporte que sentir que hay que hacer ejercicio para “pagar” lo que se ha comido.

Algunas señales que pueden requerir atención son entrenar a pesar de estar lesionado o enfermo, experimentar una culpa intensa si se pierde una sesión, añadir ejercicio después de comer determinados alimentos o valorar el día como “bueno” o “malo” según se haya podido entrenar.

En chicos, además, la preocupación corporal puede expresarse como deseo de aumentar musculatura, reducir al máximo la grasa corporal o alcanzar un físico muy concreto. Esto puede llevar a dietas rígidas, suplementación no supervisada o entrenamiento excesivo.

De nuevo, ninguna conducta aislada establece un diagnóstico. Lo importante es valorar el grado de rigidez, sufrimiento e interferencia con la vida diaria.

El impacto en estudios, amistades y vida social

Una de las mejores formas de comprender la relevancia de un problema es observar cuánto espacio está ocupando.

Si un adolescente empieza a evitar cumpleaños porque habrá comida, rechaza salir a cenar con sus amigos, deja de ir a excursiones, no quiere dormir fuera de casa o se angustia cuando no puede controlar lo que va a comer, la dificultad ya no se limita al plato.

También puede afectar a los estudios. La preocupación constante por el cuerpo o la alimentación consume atención. Un joven puede estar físicamente en clase mientras mentalmente calcula lo que ha comido, piensa en cómo compensarlo o anticipa la siguiente comida.

En otros casos, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo pueden empeorar la convivencia y las relaciones sociales. A veces las familias perciben primero estos cambios emocionales y solo después descubren que existe una preocupación importante por la alimentación.

La interferencia es una señal importante.

Cuanto más condiciona la alimentación los estudios, las amistades, los planes familiares, el deporte o el estado de ánimo, más sentido tiene realizar una valoración profesional.

Qué puede estar detrás de un cambio en la alimentación

No existe una única causa y conviene evitar explicaciones rápidas. En algunos jóvenes la preocupación por la comida aparece en un periodo de estrés académico; en otros coincide con cambios corporales, comentarios sobre su aspecto, una ruptura, dificultades sociales o una etapa de inseguridad.

También pueden existir rasgos de perfeccionismo o autoexigencia. El adolescente que siente que tiene que hacerlo todo bien puede trasladar esa misma lógica a la alimentación: comer perfectamente, entrenar perfectamente y mantener un cuerpo determinado.

En otras ocasiones, controlar la comida puede proporcionar una sensación temporal de orden cuando otras áreas de la vida se perciben como inciertas.

Esto no significa que todos los problemas alimentarios sean una consecuencia directa del estrés o de la autoestima. Los trastornos de la alimentación son problemas complejos y multifactoriales. La evaluación sirve precisamente para comprender qué factores están presentes en cada caso sin atribuir automáticamente el problema a una sola causa.

Qué suele preocupar a los padres y qué conviene observar de verdad

Es normal que las familias se fijen primero en lo visible: cuánto ha comido, cuánto pesa o si ha dejado algo en el plato. Sin embargo, esos datos por sí solos pueden quedarse cortos.

Puede ser más informativo observar si ha aumentado la ansiedad antes de comer, si se aísla después, si pregunta repetidamente por calorías, si necesita controlar quién cocina, si evita que otras personas le sirvan la comida o si cambia de humor cuando un plan alimentario no sale como esperaba.

También conviene fijarse en el lenguaje. Expresiones constantes como “esto engorda”, “me lo tengo que ganar”, “he comido fatal”, “mañana lo compenso” o “no puedo comer eso” pueden indicar que la alimentación está adquiriendo un significado emocional importante.

El objetivo no es analizar cada frase del adolescente ni vigilarlo continuamente. Se trata de mirar el conjunto y la evolución.

¿Qué ocurre si el joven pide ayuda por su cuenta?

No siempre son los padres quienes detectan primero el problema. Algunos adolescentes y jóvenes reconocen que están cansados de pensar en la comida, que no se sienten bien con su cuerpo o que han empezado a evitar situaciones que antes disfrutaban.

Pedir ayuda por iniciativa propia es una oportunidad para trabajar el problema desde una posición menos defensiva.

A partir de los 16 años, en nuestro centro podemos realizar terapia individual con jóvenes, valorando su situación de forma personalizada. El objetivo no es imponer una etiqueta, sino entender qué está ocurriendo y qué cambios pueden ayudarle.

Puede ser especialmente útil cuando el joven expresa frases como “sé que esto me está ocupando demasiado”, “me da miedo engordar”, “no puedo dejar de pensar en comida”, “me siento culpable después de comer” o “cada vez me cuesta más comer con otras personas”.

La primera sesión: entender antes de intervenir

En una primera valoración no damos por hecho que exista un trastorno de la alimentación ni planteamos automáticamente el mismo tratamiento para todos.

Nos interesa conocer cuándo comenzaron los cambios, qué estaba ocurriendo en ese momento, cómo es actualmente la relación con la comida, qué pensamientos aparecen alrededor del cuerpo y cuánto está interfiriendo todo ello en el día a día.

También valoramos ansiedad, estrés, estado de ánimo, autoestima, comparación social, hábitos y cualquier otra dificultad que pueda estar relacionada.

Si aparecen señales físicas o clínicas que requieran intervención de otros profesionales, se recomienda la correspondiente valoración médica o nutricional. La psicología no sustituye ese seguimiento.

A partir de esa información se decide si tiene sentido iniciar una intervención individual, qué objetivos pueden ser prioritarios y qué grado de participación familiar puede resultar útil.

Terapia individual para jóvenes mayores de 16 años

En Psicólogos Santander realizamos terapia psicológica individual con jóvenes mayores de 16 años. Esta es una cuestión importante en esta página: nuestro trabajo terapéutico individual en el centro se dirige a adolescentes y jóvenes a partir de esa edad.

La primera valoración permite conocer qué está ocurriendo, cuánto está afectando a la vida cotidiana y qué tipo de intervención puede resultar más adecuada. No damos por hecho que cualquier cambio alrededor de la comida sea un trastorno de la alimentación.

En algunos casos el problema se centra principalmente en ansiedad, estrés, autoestima, comparación social o imagen corporal. En otros encontramos una dificultad más específica con la alimentación, como restricciones, culpa, miedo a engordar, rigidez o episodios de pérdida de control.

El trabajo individual permite que el joven tenga un espacio propio para explicar qué está viviendo, qué piensa sobre su cuerpo y su alimentación y qué situaciones están aumentando el malestar. A partir de ahí se plantean objetivos concretos y adaptados al caso.

Cuando resulta adecuado, la familia puede recibir orientación para comprender mejor qué está ocurriendo y evitar que todas las conversaciones en casa terminen centradas en comida, peso o control.

Si existen indicios de un trastorno alimentario que requiere un abordaje más amplio, o aparecen síntomas físicos relevantes, es importante valorar también las necesidades médicas, nutricionales o especializadas correspondientes.

Terapia psicológica online para jóvenes con problemas de alimentación
Presencial en Santander y online

Terapia psicológica para jóvenes y familias

La terapia individual para jóvenes mayores de 16 años puede realizarse de forma presencial en Santander o mediante terapia online cuando las características del caso permiten esta modalidad.

Con jóvenes de 16 y 17 años se valora también, según el caso, qué papel puede tener la familia en el acompañamiento, respetando el espacio terapéutico individual y las necesidades clínicas.

La modalidad online puede resultar útil para familias que viven fuera de Cantabria o para jóvenes que, por estudios u otras circunstancias, no pueden desplazarse con facilidad.

Consultar disponibilidad

Preguntas frecuentes

¿Que mi hijo coma menos significa que tiene anorexia?

No. Comer menos puede deberse a muchas causas. Para valorar un trastorno es necesario analizar el conjunto de síntomas, pensamientos, conductas, evolución y estado físico.

¿Debo obligarle a comer?

No existe una única respuesta válida para todos los casos. Cuando existe una dificultad alimentaria importante, las pautas familiares deben adaptarse al problema concreto y, cuando es necesario, coordinarse con los profesionales sanitarios responsables.

¿Es normal que un adolescente se preocupe por su cuerpo?

La preocupación por la imagen puede aparecer durante la adolescencia. Conviene prestar atención cuando se vuelve intensa, provoca sufrimiento o empieza a condicionar la comida, las relaciones sociales o la autoestima.

¿Las redes sociales pueden influir?

Pueden aumentar la comparación y la exposición a ideales corporales, pero no explican por sí solas un problema alimentario. Es necesario valorar el conjunto de factores.

¿Qué hago si no quiere ir al psicólogo?

Puede ser útil explicarle que la primera cita no implica un diagnóstico ni una obligación de iniciar tratamiento. El objetivo inicial es comprender qué está ocurriendo y escuchar también su perspectiva.

¿Los chicos también pueden tener problemas alimentarios?

Sí. Pueden aparecer restricciones, atracones, preocupación por la grasa corporal, búsqueda de musculatura, ejercicio rígido o insatisfacción corporal tanto en chicos como en chicas.

¿El estrés por los estudios puede afectar a la alimentación?

Sí. Algunas personas comen más ante el estrés y otras pierden el apetito. Si el estrés está afectando a varias áreas de la vida, conviene valorar también ese problema.

¿Cuándo hay que consultar también con un médico?

Ante pérdida significativa de peso, debilidad, mareos, desmayos, vómitos, deshidratación, alteraciones físicas importantes o cualquier síntoma preocupante es necesario realizar una valoración médica.

¿Se puede hacer terapia online?

Sí, siempre que la situación clínica sea adecuada. Ofrecemos atención presencial en Santander y terapia online.

¿A partir de qué edad realizáis terapia individual?

En Psicólogos Santander realizamos terapia psicológica individual con jóvenes mayores de 16 años. En cada caso valoramos además si es conveniente ofrecer orientación a la familia y si se necesita coordinación con otros profesionales sanitarios.

No esperar a que todo sea evidente

Una de las dificultades de los problemas de alimentación es que pueden desarrollarse progresivamente.

Al principio quizá solo aparece una mayor preocupación por comer sano.

Después se eliminan algunos alimentos.

Más adelante se evitan determinadas situaciones.

Y poco a poco la alimentación puede empezar a ocupar demasiado espacio.

Esto no significa que cada adolescente que cambia su dieta vaya a desarrollar un trastorno.

Significa que merece la pena observar los cambios en contexto.

Pedir orientación pronto no obliga a establecer un diagnóstico.

Puede servir simplemente para diferenciar un cambio evolutivo, una dificultad emocional, un problema con la imagen corporal o una situación que necesita una intervención más específica.

Consultar no significa etiquetar a un adolescente. Significa intentar comprender qué está ocurriendo antes de que el problema ocupe más espacio en su vida.

¿Te preocupa cómo se está relacionando tu hijo o hija con la comida?

Si has observado restricciones, miedo a engordar, pérdida de control, culpa, preocupación excesiva por el cuerpo o cambios importantes alrededor de las comidas, podemos realizar una primera valoración psicológica.

Realizamos terapia individual con jóvenes mayores de 16 años, de forma presencial en Santander y online cuando el caso lo permite.

Solicitar cita o pedir información

Contenido informativo. No sustituye una evaluación profesional, un diagnóstico individualizado ni la valoración médica cuando existen síntomas físicos o alteraciones del estado general.