


Atender a todos en el aula: el reto docente frente al incremento de las dificultades de aprendizaje y la escasez de recursos.
En los últimos años, las aulas españolas han experimentado un aumento elevado de alumnos y alumnas con necesidades de aprendizaje específicas. Términos como neurodivergencia, dislexia, discalculia, trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), trastorno del espectro autista (TEA), altas capacidades, etc., a día de hoy forman parte del vocabulario cotidiano. Lo que antes se confundía con una falta de interés o esfuerzo, rebeldía o incapacidad, hoy empieza a reconocerse con más respeto y comprensión.
El psicólogo Thomas Armstrong (2012) describe la neurodivergencia como una forma de comprender y valorar las diferencias individuales en el funcionamiento cognitivo y emocional. No todas las personas entienden ni procesan la información de la misma forma y dicha diversidad no debe considerarse un defecto sino una manifestación natural de la variabilidad de los seres humanos. Dentro del ámbito educativo esto implica reconocer que existen formas de aprender, concentrarse o comunicarse distintas a las convencionales, y que todas ellas merecen el mismo respeto y oportunidades para desarrollarse plenamente.
Esta nueva mirada ha cambiado la forma en que se entiende el aprendizaje en las escuelas. Como ya se ha comentado, cada vez se identifican más casos y se habla con mayor naturalidad de las dificultades y necesidades especiales de aprendizaje. Muchos niños y niñas que antes pasaban desapercibidos hoy reciben un diagnóstico y una atención especializada gracias a esta concienciación acerca de la diversidad tanto por parte de profesores como de las propias familias (Barahona et al., 2023).
Si prestamos atención a los datos aportados por el informe de inicio de curso de este mismo año 2025 elaborado por la Federación de Enseñanza de CCOO (2025), el número de alumnos con necesidades de apoyo educativo ha crecido de manera sostenida en los últimos años. Desde el curso 2017-2018 hasta el curso 2023-2024 (último curso del que se disponen datos), se ha observado un aumento del 75% de aquellos alumnos con algún tipo de necesidad especial educativa o dificultad de aprendizaje. Concretamente, las dificultades de aprendizaje como la dislexia, la discalculia o los trastornos de atención, han incrementado en un 67% con respecto al curso 2017-2018. Por su parte, los alumnos con necesidades educativas especiales como pueden ser niños y niñas con TEA, discapacidad intelectual o trastornos de conducta han aumentado en un 36%.
La psicóloga Montserrat Guerra habla de este mismo aspecto en Onda Cero. Para escuchar la entrevista y conocer más acerca del aumento de niños y niñas con necesidades educativas especiales y neurodivergencias, pulsa en el siguiente enlace: PULSAR PARA ESCUCHAR LA ENTREVISTA”.
A pesar del notorio aumento de las dificultades y necesidades especiales de aprendizaje que se refleja en las cifras presentadas, se ha puesto de manifiesto una realidad preocupante: las necesidades crecen más rápido que los recursos disponibles.
Las aulas son más diversas que nunca, podríamos decir los colegios están llenos de neurodivergencias en las aulas, pero la inversión en recursos y apoyos educativos para la inclusión no ha aumentado al mismo ritmo. Según el mismo informe de la Federación de Enseñanza, la inversión pública destinada a programas de atención a la diversidad y educación especial ha sufrido recortes importantes que se traducen en menos profesionales de apoyo disponibles, menos material adaptado y menos tiempo para la atención individualizada de los estudiantes. De hecho, la diferencia entre el incremento de necesidades y el incremento de la inversión es insuficiente en todas las áreas: -10,8% en educación especial, -98,1% en educación compensatoria y -49% en el total de las necesidades educativas.
A pesar de que, en teoría, nos encontramos en un contexto educativo más concienciado y sensibilizado en relación a la neurodiversidad, estas cifras ponen de manifiesto que en la práctica esto no se pone en marcha ni recibe el apoyo institucional que debería, lo que deja a los docentes en una situación de completa desventaja.
Los profesores especializados y formados adecuadamente para atender todas las necesidades educativas especiales son insuficientes para cubrir la demanda actual y gran parte del alumnado con dificultades específicas ni siquiera está identificado oficialmente. Se estima que el 69% de los niños y niñas con dificultades de aprendizaje no figuran en los registros administrativos, lo que significa que no reciben las medidas ni adaptaciones necesarias para garantizar su adecuado progreso escolar. Por ejemplo, en Cantabria, en el informe de inicio de curso publicado por la Federación de Enseñanza de CCOO en Cantabria (2022), se estimaba que el 33% del alumnado con dificultades específicas de aprendizaje no había sido correctamente identificado.
Esta falta de detección y apoyo no solo afecta a los alumnos, sino que incrementa la carga laboral y emocional de los profesores. Tal y como señala el informe de la Federación de Enseñanza de CCOO (2025), los docentes se ven obligados a atender a sus alumnos sin la formación o los materiales de apoyo adecuados y, como consecuencia, presentan un aumento progresivo del estrés, la frustración y el agotamiento profesional que acaba afectando a su salud, calidad de vida y, en consecuencia, a la calidad educativa de su enseñanza. Sin una inversión real en recursos de apoyo educativo, la inclusión seguirá siendo un deseo más que una realidad y los profesores seguirán cargando con el peso del sistema educativo, desgastando su energía y su motivación por enseñar.
La sobrecarga de trabajo, la falta de tiempo, la escasez de apoyo institucional, la gestión de conflictos en el aula y la sensación de no poder responder a las expectativas del propio sistema educativo y de las familias son las principales fuentes de estrés entre los profesores. Si este estrés se prolonga en el tiempo, los docentes pueden desarrollar lo que conocemos como el síndrome de burnout, caracterizado por el desgaste emocional, la falta de motivación y una sensación de ineficacia constante que afecta a su forma de trabajar y a la calidad de su enseñanza (Moriana y Herruzo, 2006).
Por todo esto, hablar de educación inclusiva no es solo hablar de los estudiantes con dificultades de aprendizaje y necesidades especiales, es también hablar de quienes cada día intentan dar lo mejor de sí mismos para que cada niño y niña reciba la atención educativa que merece: los docentes. El profesorado es el eje del sistema educativo y hay que cuidar su salud emocional y psicológica.
Si de verdad se quiere garantizar una educación de calidad y equitativa, no basta con diagnosticar más, sino acompañar mejor. Se debe invertir en recursos y cuidar al profesorado para que el derecho a la educación inclusiva se convierta en una realidad práctica.
Alba Vía EchezarretaPsicóloga clínica